En Romanos 6:23, leemos: «la paga del pecado es muerte». Este versículo explica que el pecado lleva aparejado una deuda, es decir, un castigo.

Como la paga de la deuda es muerte y el acreedor es Dios mismo, hay solamente dos posibilidades: 1) muerte eterna del pecador en el lago de fuego o 2) muerte de un Ser infinito e inmaculado (Dios mismo) en el lugar del pecador.

En 1ª Pedro 3:18, se nos explica en un solo versículo que Jesucristo, Dios infinito en carne, fue el que pagó este precio: «Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado por el Espíritu».

¿Había otra solución? En Mateo 26:39, Jesús dijo: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú», por tanto entendemos que no había otro medio. La solución de la cruz era la única que había. Nadie podía pagar la deuda completamente, pues era infinita.

En el momento de morir, Jesús dijo: «Consumado es» (Juan 19:30), por lo tanto, no hay absolutamente nada que podamos añadir a la obra de salvación de Jesús en la cruz, sino recibirla mediante la fe, descansando en que Él ya ha realizado lo necesario para hacernos aceptos a Dios (lo que se llama «nacer de nuevo»).

En Romanos 6:23, también leemos: «mas el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» y nos hace entender que una deuda tan grande solamente puede ser arreglada por un don, un regalo.

Ahora bien, ¿qué hemos de hacer nosotros con esto? El deseo de Dios es que el ser humano sea salvo por gracia mediante la fe en la muerte de Jesús en la cruz y su resurrección, pero queda claro que, aunque Cristo murió por los pecadores, solamente aquellos que reciban el don serán salvos.

En Colosenses 2:13-14, también se hace referencia a esta deuda y su solución: «Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con Él; perdonándoos todos los pecados, cancelando el manuscrito de las ordenanzas que había contra nosotros, que nos era contrario, quitándolo de en medio y clavándolo en la cruz».

En la cruz vemos las dos características de Dios que hicieron posible y necesario esta obra: su amor (ofreciéndose a Sí mismo) y su justicia (pagando el infinito precio para saldar la deuda).

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