En numerosos pasajes de la Biblia se nos ofrecen diversos aspectos complementarios de lo que es el pecado. El principal de ellos es que el pecado es seguir nuestras propias reglas, automáticamente desobedeciendo las reglas que Dios ha establecido para nuestro bien, protección y gozo.

Al principio de Isaías 53:6, leemos: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino».

La relación más escueta de los pecados se encuentra en los Diez Mandamientos, pero el Señor Jesús nos amplifica su sentido, haciéndolo extensivo también a los deseos del corazón: Como ejemplo, podemos citar Mateo 5:21-22, 27-28: «Oísteis que fue dicho por los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare estará expuesto a juicio. Mas yo os digo que cualquiera que sin razón se enojare contra su hermano, estará en peligro del juicio… Oísteis que fue dicho por los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón». Entre otros pecados muy comunes, podemos mencionar la mentira (decir algo falso) y la codicia (desear algo no tuyo).

El pecado nos separa de Dios e impide una relación con Él, y por otra parte nos conduce a la condenación eterna si no es perdonado de la forma debida. Adán y Eva eligieron libremente pecar tal como tú y yo hemos hecho siglos después en otras circunstancias y con otros pecados concretos.

Pero, gracias al Señor, hay una solución. La encontramos al final de Isaías 53:6, ya citado arriba: «más Jehová cargó en Él [Jesús] el pecado de todos nosotros».

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